13 de octubre de 2008

El susto en el baño

Creí que había terminado la producción de "Grito y silencio" la semana pasada.

Después de terminarle el arreglo con unas cositas que se me ocurrieron a último momento durante la grabación (como añadirle una maraquita de juguete que sonaba de lo mejor y que tuve que secuestrarle a mi hijo); corregirle unos versos un tanto incoherentes; pasar cuatro horas grabando el bajo eléctrico porque no me salía muy bien el ritmo (sí, lo admito, no practico a diario; sólo antes de un concierto); pelear con 40 sonidos de sintetizador porque no hallaba uno que me gustara para el solo; y partirme el coco con compresores, de-essers, reductores de ruido, análisis de espectro, envolventes de volumen y reflexiones tempranas (sí, lo admito, no tengo la pericia y la paciencia de un ingeniero de sonido), la mezcla definitiva estaba lista para probarla en los parlantes del estéreo en la casa, de la laptop, del carro, de los audifonitos del mp3 y de la cornetica del reproductor de cassette de la cocina.

Después de tener la música en la mente durante tanto tiempo, escucharla al fin emanando de un aparato como algo físico y concreto, a pesar de su invisibilidad, me provocaba una emoción difícil de describir. Mis amigos artistas me entenderán. Es como el nacimiento de un hijo esperado. No dejas de verlo, de celebrarlo, y te parece lo más maravilloso que existe. Pero puse a sonar la canción en el estudio y me encerré en el cuarto de baño que está al lado a escuchar el producto terminado de nuevo. Es una prueba que tengo muchos años haciendo, la de evaluar la calidad de una mezcla escuhándola desde los sitios más rebuscados. Si suena bien a través de la puerta y las paredes de ese baño, "se imprime".

Todo parecía haber quedado bien. Técnicamente estaba aceptable para mi gusto, pero ahí salió mi voz con aquella nota ofensivamente desafinada en el clímax de la canción. No la noté tan insultante e insoportable durante el proceso de post-producción. Pero la puerta del baño, cerrada y todo, la dejó pasar, la amplificó, le dio proporciones gigantescas suficientes para encender la alarma. Primero, la sorpresa ("¡¿Qué?! ¡Dios, llegó al baño!"); luego, la frustración ("¡Pero si ya estaba lista!"); luego, el autoengaño ("Nadie se dará cuenta"); más tarde, la aceptación, la resignación y la culpa ("Sí, estoy desafinado, pero es que el canto no es mi fuerte"); el reto ("¿Y si corrijo esa nota con la computadora?"); la acción ("¿Corregir afinación?" Clic); y el reto inevitable ("Hay que grabar de nuevo").

Creí que había terminado la producción de "Grito y silencio" la semana pasada.
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