1 de noviembre de 2008

Sí a la payola

Ser artista independiente es una delicia, en serio. Lo que muchos llaman una carrera de sacrificios, injusticias, dificultades, trabas, decepciones y desilusiones, sueños de lenta realización que requieren "buena suerte", y frustraciones acumuladas que endurecen el alma, es en realidad una fabulosa oportunidad para aprender mientras intentamos aplicar nuestra creatividad en todo lo que nuestra labor implica, no sólo lo esencialmente artístico, sino también lo necesariamente empresarial. Y es precisamente ese aspecto -todo lo relacionado al negocio, al mercado, a la industria musical- lo que a menudo choca estrepitosamente contra el espíritu romántico del músico independiente.

Mis amigos colegas siempre se están quejando de ello, con razones de mucho peso, debo admitir; pero a menudo trato por mi parte de predicar una también independencia de esa manera de pensar. Ser artista independiente no implica hacer las cosas solo mientras se espera el premio gordo del apoyo de una compañía grande que juegue al negocio, nos dé dinero y nos haga famosos. No, esa es la premisa errada, les digo con respeto. Ser artista independiente implica la no necesidad de tener el apoyo de ese tipo de compañías, ya sean disqueras o emisoras de radio de gran difusión. El enfoque debe ser distinto para poder desarrollarnos placenteramente como músicos -o artistas en general- libre de ataduras. La idea es poder hacer música siempre, con o sin contrato disquero, no intentar hacer música con la mentalidad de que sólo podemos surgir cuando nos llegue el tan anhelado contrato. Siempre podrá ser beneficioso lograr un trato que garantice financiamiento de grabaciones, distribución masiva, promoción en abundancia y posibilidad de conocer gente más influyente; pero quienes se dicen llamar independientes y viven quejándose de que la industria comercial no los apoya y los ignora al punto de que les impide desarrollarse, caen en una contradicción que pide a gritos una resolución.

La música independiente se asocia con lo vanguardista, lo no comercial, lo que se desvía de lo tradicional y establecido como norma, y la no dependencia, claro, al menos como método de trabajo. Quienes se dedican a su arte en esta movida crean formas originales de difusión y distribución que han demostrado ser efectivas y lucrativas y que han redireccionado la manera de hacer las cosas en la industria. La tecnología nos ha llevado a una era de verdadera libertad creativa. Ahora cada quien puede tener en Internet su propio canal de TV privado, su propia galería de arte, su propia emisora de radio, y su propia disquera virtual, todos a los cuales tienen acceso millones de personas en todo el mundo. En este momento estoy escribiendo en mi propio periódico personal (de tiraje ilimitado y distribución internacional) y muy posiblemente quien me lee sienta la curiosidad de escuchar mi música, para lo cual ya le estoy dando acceso a mi propia "emisora" con transmisión las 24 horas del día. Y tengo también mi propio radio en mi reproductor de mp3, con las canciones que quiero escuchar cuando me plazca. Las redes sociales, como Facebook y MySpace, facilitan el libre intercambio de ideas, la colaboración fructífera entre personas con iguales inquietudes, y la distribución de contenido musical y audiovisual de una manera "viral" que puede convertir a alguien en estrella de la noche a la mañana. Es una tendencia que no decaerá, simplemente porque la comunicación digital se masificará aún más y el teléfono celular es ya un dispositivo de entretenimiento personal que lo tiene todo. Ahora el artista independiente le habla directa e instantáneamente a su público. Por otra parte, toda esta nueva dirección de la industria llevará irremediablemente a la desaparición de la radio como se ha conocido hasta ahora. Aquello para lo cual era necesaria ya no es lo que la mantiene. El músico independiente ya no la necesita para difundir masivamente lo que hace.

Una disquera es una empresa que presta dinero a un artista para que este grabe su música. El objetivo de su negocio es recuperar ese dinero con ganancias, por lo cual entonces se dedica a promocionar y vender discos de artistas que considera "mercadeables" o "rentables". ¿Es un modelo de negocio condenable? No. ¿Que sus contratos son leoninos? Sí, muchos aún lo son, pero en el pasado los artistas tenían que firmarlos: no había otra opción para grabar canciones y darse a conocer. Por otro lado, si no aparecías en TV o en cine, la radio era prácticamente la única alternativa que existía para lograr esa difusión y promover ventas, y el fenómeno de la payola surgió en realidad como reflejo de la ley de oferta y demanda. Si cinco disqueras quieren poner nueva música en cuatro minutos de transmisión que tiene disponibles una emisora en su programación, debería ponerse la canción de la que primero pague. ¿Es eso condenable? Yo creo que no. ¿Por qué? Porque es el mismo caso de las tres compañías de telefonía celular que quieren publicitar en la primera página de un periódico el mismo día, y de las cinco bandas independientes que quieren publicar el anuncio del lanzamiento de su nuevo CD en la página 3 de la edición de diciembre de la revista Rolling Stone. La que paga primero publica, no la que tenga mayor calidad, talento o carisma. Por cierto, también hay que considerar la posibilidad de que un anuncio o un artista choque por completo con la línea editorial de un periódico o la imagen de una emisora, un factor que también influye y se ha de respetar, ¿no?

Sin embargo, la payola es aún considerada uno de los más aborrecibles actos de corrupción y discriminación en una industria musical obsoleta que está atravesando un profundo cambio. Aun así, no veo razón para que sea considerada más discriminatoria que las otras maneras de difusión en las que hay que pagar para tener un espacio. Además, algo idéntico a la payola está abiertamente aceptado en los muchos portales de música independiente en Internet que ofrecen espacio promocional en su página principal al artista que pague una módica suma por dicho servicio. Las necesidades y las intenciones por fin se están sincerando.

Quienes condenan la payola, principalmente artistas independientes que desean difusión masiva a corto plazo (lo cual tampoco es condenable, aclaro), alegan que se está limitando el acceso a quien, por naturaleza, tiene derecho a un espacio, a una oportunidad, para dar a conocer su quehacer artístico, y que la transmisibilidad de un mensaje musical en un medio de comunicación público, gratuito, dedicado a ello y que tiene ingresos por publicidad no debe depender de un desembolso previo. Pero la radio comercial es también una industria que vende un servicio con limitaciones de tiempo y espacio. Sólo se pueden transmitir un determinado número de canciones, comerciales, programas de opinión y noticieros en el lapso de 24 horas en un determinado número de emisoras que caben en un limitado rango de frecuencia radial. Ah, y en el caso de Venezuela, donde vivo, están las frecuentes transmisiones en cadena de mensajes presidenciales que obligan a las emisoras a no poner más nada. ¿Cómo decidir qué canción, entre tantas que lo merecen, debe tener el privilegio de sonar en esos valiosísimos minutos? Es como tratar de conseguir en Caracas un apartamento espacioso, económico y en buena zona residencial. Aplicar la ley de oferta y demanda parece ser lo más democrático quizás (como se hace con los mensajes publicitarios); o hacer una especie de lotería diaria en la que se meten los títulos de todas las canciones que llegan a una emisora en un gran bombo para que una mano inocente, con la presencia de un notario público que luego lo certifique, escoja los temas afortunados que habrán de sonar. Como sea, es injusto para muchos artistas con pocos recursos económicos que merecen el gran apoyo que significa el alcance de una emisora de radio. Por eso han surgido muchas estaciones virtuales, como songvault.fm, que acogen la música de cualquier artista para que sean los oyentes, con sus votos, quienes escojan las canciones que merecen mayor difusión.

Además, existen otros detalles que considerar. ¿Quién recurre a la payola? ¿Qué artista suena en radio hasta la saciedad gracias a un previo pago? ¿Cuál es el perfil de esos artistas y qué impresión da con respecto a la situación actual de la industria musical? Como artista, ¿adónde quiero ir y qué quiero lograr? ¿Quiero vender discos? ¿Quiero fama instantánea? ¿Necesito verdaderamente el apoyo de una emisora que practica la payola? ¿De ello depende mi desarrollo? ¿De ello depende la creación de mi obra? ¿De verdad no tengo otra alternativa? ¿Por qué tengo derecho a un espacio gratuito en radio? ¿Porque lo dice una ley? ¿Y si mi canción es muy mala? ¿No es acaso una ley condescendiente que promueve la mediocridad y el trabajo fácil? ¿No debería hacer yo méritos para ganarme ese espacio, sin pagar? ¿Quiero jugar el juego de una industria caduca? Y, cuando la radio satelital con 400 emisoras se haga masiva dentro de poco, ¿aún será necesaria la payola? ¿Cuántas personas escucharán mi canción si le pago a un programador de radio para que la ponga? ¿Doscientas mil? ¿Cuánto debo pagarle a la emisora? ¿Dos mil dólares? Dos mil dólares entre doscientos mil me da $0,01. ¿Pagaría yo un centavo de dólar para promocionarle mi música a una persona? ¿Invertir en la promoción de mi música supone una pérdida de mi integridad artística? ¿El artista que recurre a la payola es condenable? ¿Debería pagar alguna multa también? ¿Cobrar menos que los demás para poder tocar en un club no es una manera de lograr favoritismo y preferencia también? ¿Los músicos que cobran menos también son condenables? Los músicos ofrecen un servicio, el de entretener a una audiencia. Mi proveedor de Internet también me ofrece un servicio, que es más económico que el de la competencia. Mi proveedor de Internet hizo algo para lograr mi favoritismo: es por lo tanto condenable. O es de mala calidad, o la banda que le cobra menos al club es mala, o el artista que practica la payola en radio es malo, por lo que la emisora que pone sus canciones debe ser también mala. Si es mala, ¿para qué quiero sonar en ella? Si la emisora es mala, ¿la gente que la escucha tiene mal gusto? ¿Podría concluir también que todo lo promocionado tras haber pagado una suma ha de ser malo?

No sé, por más que aplico la lógica, sigo viendo la condenada payola como un modelo aceptable que para nada ha de afectar negativamente al artista independiente que no sigue principios con doble moral, que confía en la efectividad de muchísimos recursos alternativos de promoción que dan buen fruto si son bien empleados, y que asume total responsabilidad del avance en su carrera sin culpar a otros por sus tropiezos.

Ah, y nunca he pagado payola, ni la pagaré. No me hará falta, ni le hará falta a más nadie.
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Notas relacionadas:
luiserQuantcast

2 comentarios:

Anónimo dijo...

contradictorio

luiser dijo...

Así es, precisamente, un asunto que se ha enfrentado con una actitud contradictoria. Se condena por razones que no tienen sentido ahora y, por otra parte, es una práctica innecesaria.

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