30 de marzo de 2009

La excelencia relativa

Es abrumadora esa obsesión del ser humano por medir su valía a través de las estadísticas. Están la pelea de las empresas por aparecer en la Fortune 500, los numeritos de los bateadores en béisbol, las calificaciones escolares y la evaluación del jefe, el rating del programa televisivo, las calorías que hay que rebajar, la talla del busto y el largo de aquello otro, la cantidad de contactos en Facebook, el saldo de la cuenta corriente. Nos medimos la vida a diario porque las cifras parecen decir más claramente si estamos bien o mal. Queremos ser mejores y el proceso de superación exige comparación. Sin embargo, ¿nos comparamos bien?

Dicen que no hay que comparar manzanas con peras, pero no existen manzanas idénticas, y hasta una manzana podrida puede servir para algo tan positivo como abonar la tierra. Lo bueno y lo malo son cosas muy relativas y podemos estar midiendo nuestro valor como personas con base en referencias erradas.

Hoy me topo con una cartelera de posiciones en AudioStreet; son las principales canciones en el género de rock en español (hagan clic en la imagen). Mi canción Grito y silencio está entre las diez primeras, y Duelen viene subiendo, lo cual es muy gratificante para mí porque es resultado de gente que me escucha, no de la decisión de un programador de radio o como efecto de la rotación de un video mío en MTV hasta el cansancio. Es algo que agradecer, pero también es algo que ver en su justa medida.

¿Cuánta gente visita AudioStreet? ¿Cuántas canciones en el género de rock en español están compitiendo por estar en esas posiciones? ¿Veinte o veinte mil? ¿No les parece eso de "rock en español" muy genérico? A mí me suena a manzanas con peras con piñas y con fresas. Además, mis canciones también pueden subir de posición no sólo porque las escuchen más, sino también porque corren la suerte de que otras empiecen a escucharse menos; es decir, no por mérito propio. Son muchos los factores que determinan el verdadero valor de esa estadística, por lo que su medida es muy relativa y no puede resumir objetivamente la realidad de un artista.

Me viene entonces la noción del contexto. Podemos ser incomparables y notables en un sitio y totalmente insignificantes en otro. Podemos ganar un disco de platino por vender un millón de copias en un país, ganar el mismo disco por apenas cincuenta mil en otro, o no vender nada en un tercero. Podemos tener el talento para merecer un Grammy, un Oscar o un campeonato, y a la vez ser completos desconocidos. Podemos ser muy atractivos y no tener suerte en el romance; o ser los empleados del mes y luego ser despedidos por reestructuración de la empresa. E incluso podemos ser los mejores en nuestro campo profesional y no querer dedicarnos a él porque es otra cosa la que nos apasiona. A la final, aquel número que nos deja bien parados ante los demás puede ser irrelevante, y sólo quedamos cada uno de nosotros por aislado con nuestras virtudes intactas. Es por eso que la única comparación sana es quizás con nosotros mismos.

En mi contexto personal, mis canciones están en primer lugar y, si las grabo, es porque me gustan. Ya eso me llena. Pero también es una bendición cuando alguien más les da un sitio similar en su propio contexto, así quede registrado como estadística o no.
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25 de marzo de 2009

De alante pa'trás

Somos eternos buscadores. Se nos va la vida tratando de alcanzar algo, amor, salud, riqueza, paz, realización, lo inalcanzable. Y a menudo nos sentimos insatisfechos, por la sencilla razón de que no conseguimos aquello que se nos escurre cruelmente, o porque no saboreamos lenta e intensamente lo que al fin tenemos.

Prefiero vivir "de alante pa'trás", de la meta al inicio. Hoy me declaro ya feliz en búsqueda de un triste que contagiar. Vivo la emoción en este instante y salgo a esperar lo que emociona, y a emocionar. Hago el amigo y luego empiezo a crear para él, pues ya lo conozco y no lo imagino como un "target" en pos del cual debo inventar primero. Comienzo en este momento mi retiro, mi jubilación, y trabajo para pasar el tiempo, porque la labor como medio para lograr algo, amarga. Muero en este minuto con la ilusión de nacer al siguiente, y me doy un regalo a diario para celebrarme la vida sin esperar mi cumpleaños.

Ya llegué; adonde iba, ya llegué. Y quizás no es como esperaba, pero aquí estoy y la meta deja de serlo. ¿Ahora qué? Asimilo y me devuelvo. Por otro sendero, nuevo, o igual, no importa. Y revivo experiencias sin importarme el lugarcomún de que lo pasado es pasado, el presente es lo que hay y el futuro no existe; pues el presente en realidad no es más que un efímero segundo que se une a otros transcurridos que se acumulan en todo lo que queremos recordar u olvidar; el pasado perdura y se atesora (aun cuando pueda ser malo), y el futuro nos alimenta cada instante al imaginar lo que anhelamos o al temer lo que evitamos.

El futuro, la meta, está aquí, y deja de serlo. Cada palabra en este texto era devenir hace un minuto; ahora es pretérito de otra que la sigue, y vuelve a transformarse en destino para alguien cuyo camino llegue a hacer pausa en esta página, que nunca es la misma y nunca se sabe qué seguirá siendo. Así quiero andar, en vivencia actual de mi pasado y mi futuro, sin buscar nada, pues ya todo está aquí, y aquí acabo.
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12 de marzo de 2009

De cuando Trina Medina me echaba salsa encima

Mi papá me ayudó a conocer a los Rolling Stones, Tchaikovski y Barry White; pero su gusto se inclinaba más hacia lo afrocaribeño, desde Beny Moré hasta la Fania All Stars, pasando por los boleros de Tito Rodríguez, los merengues de Damirón y los danzones de la Sonora Matancera. Por supuesto, la Billo's y la Dimensión Latina me amenizaron muchos gratos momentos familiares y sirvieron para no fastidiarme haciendo mis tareas escolares. Crecí escuchando mucha salsa brava, y quizá fue algo que influyó en mí para preferir el funk de Earth Wind & Fire, el blues de los Doobie Brothers y el aparente caos de Yes.

Estas tendencias las seguí cuando comencé a prepararme como músico y fui alimentando un respeto hacia todo lo que tuviera que ver con salsa y derivados porque, simplemente, zapatero a su zapato. Ya se me hacía muy exigente dedicarme a entender lo complejo de esos estilos para poder dominar montunos y guajeos en piano cuando en realidad yo gozaba más dándole chacachán a la guitarra eléctrica.

Pero, gracias a uno de esos giros de destino que uno mismo se causa, me encontré de repente tocando bolero, danzón, bachata y guaguancó junto a Carlos Jaeger y luego, siguiendo esa onda de hacer todo lo que antes parecía prohibido para mí, y sin recordar ahora como fue, me vi dirigiendo la banda que acompañaría a la venezolana Delia en la promoción de su reciente disco de... eeeh... ¡boleros! Y, por si fuera poco, terminé produciendo por primera vez un disco de salsa a lo Rubén Blades para Armando Mosquera, en compañía de un trabuco de cubanos que sabían más que nadie del asunto y que esperaban instrucciones mías detrás de la cónsola del estudio. Si no aprendía yo algo ahí, me retiraba.

Empecé a llevar una doble vida. Son en clave de día; Journey y James Brown de noche, o viceversa. Lo fascinante es que era muy divertido y enriquecedor. No obstante, aún me faltaba el doctorado que me haría cerrar el círculo y reencontrarme con parte de mis raíces de crianza musical. Una noche, Francisco Rojas, un excelente timbalero que conocí con Delia, me llama y me dice: "Trina Medina necesita a un tecladista que haga coros".

Fue alrededor de un año de escuela, de muchas primeras veces que me ayudaron luego a atreverme a lo que fuera. Trina me sorprendió con ese carácter fuerte que era imprescindible para mantener en cintura a veinte hombres en una sala de ensayo que disfrutaban siempre del chiste oportuno. Me vi entrompando, con sudor en las manos, partituras a primera vista --lo cual no hacía desde aquellos ratos de terror en el conservatorio-- y pretendiendo dominar una charanga al lado de veteranos de respeto como Cheo Rodríguez, Carlos Puchi, Daniel Somaroo, Nené Quintero y Gerardo López. Era la mujer que había grabado un dúo con Gilberto Santa Rosa, con esa voz de sonera auténtica e imponente que te atrapa y te lleva adonde quiere.

Y ahí estaba yo, con la melena de roquero a media espalda que me hacía el menos salsero de la orquesta; mi modesta experiencia y unos arreglos sencillos asignados a mí con el fin de darle esa pizca de crossover al estilo; mi dosis de especias para la salsa de Trina; mi oportunidad de aprender la humildad que recordaban --y la importante dimensión que podían tener-- unas pocas notas mías en un monumental arreglo que sumaba todas las cucharadas de energía intensa que brotaban de músicos unidos en contagiosísimo trance rítmico; la magia de profesionales de admirable talento que nunca se mostraban ni superiores ni inferiores, siempre cálidos, siempre vibrando con su pasión de vida. Ahí me vi frente auditorios que me parecían desafiantes con la confianza de estar bien acompañado y el orgullo de compartir escena con quienes mucho me enseñaron.

Trina y yo nos hicimos buenos amigos, en parte porque ella también tiene ese espíritu de roquera inconforme que inicialmente justificaba mi presencia en su orquesta. Es de esas salseras vanguardistas que hacen falta. Pero, la razón por la que cuento todo este episodio en mi viaje artístico es compartir con ustedes la grata sorpresa que fue para mí conseguir en YouTube un video de un concierto suyo en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela, que yo no sabía que existía y cuyo audio forma parte de un CD en vivo que también desconocía. ¿Y por qué debía saber yo de su existencia? Pues, porque el tecladista y corista peludo en esa tarima soy yo.

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5 de marzo de 2009

Lo malo y lo bueno de la piratería musical

Taste the Rainbow por Liam HigginsPara responder a una pregunta que me surgió al cerrar mi nota anterior, sobre si estaría yo a favor de la piratería de CDs, diré que no y que sí, y aquí les digo por qué:

1. Lo malo: es ilegal. Mi negativa se debe a este pequeño gran detalle. Las leyes sobre derechos de autor defienden la potestad que sólo creadores y productores fonográficos tienen de copiar y autorizar copias de material contentivo de música. Ellos tienen derecho a recibir compensación por la explotación de sus obras, y la piratería viola ese principio.

2. Lo malo: baja calidad. Los CDs piratas se degradan mucho más rápidamente que los originales, pueden venir con defectos de copia y ser ilegibles, y casi ninguno viene con ese librito complementario que incluye todo lo que un verdadero fan considera digno de colección. Sin embargo...

3. Lo bueno: música económica. Lo más barato de un CD adquirido legalmente en una tienda, curiosamente, son las canciones; el resto del precio se va en arte y diseño, fabricación, comercialización, regalías e impuestos. Si lo único que puede importar para muchos no es más que la música en sí, que en el actual mundo digital no es más que cúmulos de codigo binario, ¿para qué pagar tanto por un montón de agujeritos en un pedazo de plástico? La música a precios más bajos llega a más gente, lo que me lleva a...

4. Lo bueno: posicionamiento. El consumo de música a través de copias no autorizadas ha sido un efectivísimo método de posicionamiento de artistas, ya sean famosos o desconocidos, de disqueras reconocidas o independientes. Mientras más gente llegue a conocer la música de alguien, surgirán más nuevos fans dispuestos a consumir discos originales, visitar sitios web oficiales y asistir a presentaciones en vivo, por ejemplo.

5. Lo bueno: adaptación y evolución. Aceptémoslo; es imposible detener el hábito de copiar y compartir canciones. Es una necesidad que hemos tenido siempre, desde que se hizo la primera grabación que se conoce. Ahora la tecnología lo facilita más que nunca y es completamente infructuoso el esfuerzo financiero que invierte la industria en campañas antipiratería y en nuevos sistemas de seguridad para evitar que la gente copie y cobre dinero por hacer el trabajo de copiar. Los CDs originales se van haciendo cada vez más caros, en parte para compensar niveles de ventas que van disminuyendo, y este fenómeno se debe no sólo al copiado ilegal, sino al intercambio de archivos mp3, a la invención del iPod, y al surgimiento de numerosos artistas independientes que ven como un fastidio eso de hacer CDs (porque es lo que se considera "profesional"), que ahora tienen muchísimo más control sobre la difusión de su música y que ven más beneficioso vender sus canciones a diferentes precios, desde el sencillo a un dólar en iTunes hasta una edición de lujo de DVD Audio que incluye material inédito, autógrafos y un mechón de pelo del cantante por el costo que sea.

Vuelvo a decirlo: el CD desaparecerá como formato para la distribución comercial de música (y, por ende, la piratería como se conoce hoy día). Mientras tanto, en vez de pelear con los piratas (por más razones válidas que se tengan), ¿por qué la industria formal no se sincera y vende discos económicos que igualmente paguen derechos de autor? Sería genial ver el nuevo CD de U2 en una "versión callejera oficial" sin librito, en un sobrecito de papel y con el título escrito a marcador. Sería de colección.
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3 de marzo de 2009

Róbame las canciones

Cuando escribí aquella nota sobre Supertramp hace unos meses, no tenía idea de que pronto vería a Roger Hodgson cantar Dreamer para mí a menos de 15 metros de distancia. Hace un par de semanas, en un anfiteatro de Caracas, me senté solo entre el público con mi teléfono listo para tomarle fotos cuando comenzara a interpretar las canciones que acompañan muchas historias e inspiraciones en mi vida. Por fin, podría decirse, conocería en persona a un pana virtual de la adolescencia.

Tras escuchar Take the Long Way Home y un par de temas más, y percibir el ánimo de un auditorio que estaba más que feliz por la experiencia, Hodgson dijo que sus canciones significaban mucho para él y que esperaba que fueran igualmente especiales para todos los que estábamos allí. Los aplausos de una gran cantidad de gente que no paraba de tomar fotos, cantar verso tras verso y pedir tonada tras tonada, me hicieron recordar que las canciones de Hodgson no eran tan mías como creía; y que tampoco eran de él en exclusiva, aunque lo dijera. En ese lugar todos éramos dueños.

Una canción es como esa plaza por la que caminamos rumbo al trabajo o a clases, en la que jugábamos cuando éramos niños, en la que comíamos helado con la novia o el novio. Se vuelve marco de recuerdos, y los recuerdos son cosas muy personales, muy nuestras. Las plazas en realidad no tienen dueño, pero a la vez son de todos. Por más afamados que puedan ser sus arquitectos, no son suyas ya. Por más autores que pueda tener una canción, su propiedad es cosa muy relativa.

Algo tan abstracto como la música, que va de una mente a otra a través de invisibles ondas sonoras, tan intangibles y fugaces, no se puede poseer en realidad. Podemos escribir en partituras un montón de garabatitos para que una orquesta las ejecute con sofisticados instrumentos; usar alta tecnología para grabar y procesar pistas; fabricar discos, venderlos, copiarlos; usar reproductores de mp3 o encender una radio, y nunca podremos ser dueños materiales de una obra musical. Una ley puede proclamar el derecho de propiedad intelectual y unos documentos pueden asegurar que alguien en específico tuvo una idea determinada de combinar ritmos y tonos en una forma en particular, pero lo que en realidad hace única una canción no es su autor o un papel, sino su oyente, esa persona que transforma ondas sonoras en otros pensamientos, otras emociones, otros recuerdos muy propios, íntimos, que pueden tener poco que ver con lo que el creador pensó o sintió al darle forma.

Ese carácter metafísico de la música vuelve absurda toda intención de algunos artistas por llevar a una corte judicial a jovencitos que intercambian canciones a través de un cable telefónico, sólo porque no pagaron una suma de dinero. Ese aspecto subjetivo que nos hace robar una melodía para tararearla bajo la ducha, usarla de fondo al regalar unas flores o hacernos más llevadera la faena, hace imposible definir propiedades. Las canciones las crea alguien para que las posea otro. El autor puede tener derecho a reconocimiento y potestad exclusiva para autorizar grabaciones y reproducciones, pero ha de recordar que la música deja de ser mágica entre tacaños. Por suerte, el compartir suele ser lo que nutre el espíritu de todo compositor.

Con esta reflexión, ¿me estaré declarando a favor de la piratería? Tema profundo. Luego les respondo.
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