22 de abril de 2010

De cuando Jon Lord me hizo crecer

Chicho Tedesco, a quien llamo "mi baterista personal", me llamó una noche para pedirme ser el tecladista de Fireball, una banda que nace con el objeto de rendirle tributo a Deep Purple, la agrupación británica de rock y blues que ha sido de tan profunda influencia para muchos artistas a nivel mundial; y yo dudé en dar una respuesta afirmativa de inmediato, principalmente porque mi dedicación se concentra en todo lo que conlleva mi trabajo como solista, y por la sencilla razón de que yo no conocía el repertorio de DP (salvo los clásicos temas que ocasionalmente me consiguen a través de la radio). Sin saber de qué iba la música a nivel de ejecución, no podía determinar si estaba a mi alcance como instrumentista.

Chicho me mandó entonces algunos mp3s y, después de escucharlos, me dio el miedo ese que me gusta, el susto que comparo con aquel que siente alguien cuando se enamora y no tiene idea de cómo hacer para conquistar al ser amado. Escuché a DP con otro oído y me revivió una necesidad de descargar energías como las que ese rock clásico remueve. Pero se trataba de emular el trabajo que hace Jon Lord en un órgano Hammond, y nada parecido había hecho yo en mi vida. Me refiero a tocar como él y a tocar semejante instrumento.

Pero acepté participar, porque era un reto, una aventura personal, una locura suicida como músico porque quizás haría el ridículo en escena. Acepté porque me gusta trabajar con Chicho y porque me atraía hacerlo también con otros músicos venezolanos que había respetado a distancia: Alexis Peña, Nicky Scarola y Luis Sanabria. Acepté porque justo comentaba en esos días que echaba de menos la experiencia de ser parte de un grupo; eso de ser el centro de atención como solista suele abrumar y agobiar. Acepté porque prometía ser muy, muy divertido.

Llegó el primer ensayo y todo encajó. La química fue excelente y me sorprendió gratamente percibir un nivel homogéneo de talento, profesionalismo, motivación, buena vibra. Sólo toqué dos o tres temas esa vez, pero el resto tocó más canciones y quedé boquiabierto por la energía que había en esa sala.

Después comencé a escuchar las historias y anécdotas detrás del proyecto, antes de mi inclusión, y no podía creer que hubieran tenido tanta mala suerte hasta entonces. Habían probado con otros bateristas antes de quedar Chicho; habían tenido intentos frustrados con otros tecladistas, uno de los cuales se había fracturado una mano; también habían sufrido para dar con el bajista; y hasta un sismo había entorpecido su trabajo. Pero le dije a Nicky, quien ha estado a la cabeza de todo, que conmigo iban seguros, que no les fallaría.

Tres semanas después, les fallé. Mis compromisos se habían acumulado, las prioridades habían cambiado -hasta me habían robado un sintetizador a punta de pistola- y tuve que sacrificar a Fireball, con dolor y vergüenza porque sentía que defraudaba confianza y esperanzas en mí, y porque ya había una presentación pendiente para días después.

Aun así, Nicky me llamó a los meses para invitarme de nuevo, y una vez más quise intentarlo para sacarme el clavo y reivindicarme. Tal como dije, era una deuda que me quedaba pendiente y que quería saldar.

Pero al tiempo descubrí por qué tocar con Fireball estaba en mi destino. Aparte de la oportunidad de hacer nuevos amigos y de seguir comprobando que mi trabajo siempre es entretenido, entendí que mi desarrollo como artista no es en realidad un desafío que se origina en mí mismo. Nunca me ha motivado ser mejor por único orgullo personal y mientras menos aislado estoy, más me vienen de otras personas las razones para crecer.

Aprenderme las canciones de Deep Purple me obligó a tocar de una forma que nunca había probado, simplemente porque nunca me había visto obligado a hacerlo. Fue como aprender otra lengua. Al principio, me sentía muy inseguro, pero disfrutaba mucho el proceso de intentar algo nuevo (hacía años que no me gozaba tanto un repertorio ajeno). Luego descubrí que me había tardado mucho menos tiempo del esperado en montar los temas. Gané una confianza que nunca había sentido, porque siempre me he considerado básicamente un compositor, no un intérprete.

El reto vino de afuera: "Intenta tocar como Jon Lord".

Pero hay más. Mis canciones son retos que vienen de afuera también. Si no supiera que hay gente que me escucha y que tiene expectativas hacia lo que hago, no pensaría tanto a la hora de escribir un verso o de determinar un arreglo. Yo espero cosas mejores de los artistas musicales que sigo; supongo que esperan lo mismo de mí aquellos que me regalan la fortuna de su atención e interés. Como profesional, la "noción del otro" influye muchísimo en lo que hago. Entonces crezco porque otros lo esperan, crezco porque otros lo exigen, crezco porque acepto satisfacer lo que otros me demandan. Incluso puedo crecer al no hacer lo que los demás piden.

No me refiero a vivir sólo para el prójimo. La verdad es que todo crecimiento requiere interacción, y agradezco a Fireball y Jon Lord por estirarme el tamaño.
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Notas relacionadas:
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