20 de enero de 2011

Mi carta a Alejandro Sanz

Hola, Alejandro. Confío en la velocidad con la que un escrito de blog puede llegar a cualquier sitio, y en esa teoría de los seis grados de separación para que en algún momento me leas.

Sé que estás harto de tantos mensajes con crítica destructiva que has ido recibiendo desde que publicaste tu opinión sobre la desaprobación de la Ley Sinde. He leído algunos y de verdad son denigrantes y ofensivos; pero muchos de ellos se quedan cortos en argumentos y, como el tema me apasiona, me das la excusa perfecta para ventilar de nuevo, en espacio abierto y con el respeto que mereces, aspectos que estás pasando por alto de una manera injusta y que van más allá de los límites geográficos de España.


1
El público, los fans, la audiencia, el mercado, los oyentes (y cualquier otro sustantivo que pueda usarse para denominar a la gente que está del lado receptor de la comunicación musical), no disfrutan de canciones pensando en términos de industria, empresa y/o derechos de autor. La música se consume por una motivación subjetiva, emocional; no por la misión de sustentar un modelo económico.

Cuando alguien compra tus temas, no piensa en que hay que garantizar que un porcentaje de su precio llegue de manera justa al asistente que en un estudio de grabación conectó de manera adecuada el cable de un micrófono; no se preocupa por que el gerente de Artistas y Repertorio en una compañía discográfica reciba su salario; no se desvive por que el nivel de consumo de material de entretenimiento haya descendido en el hogar promedio, según las estadísticas.

Alguien compra tus temas porque ellos y tu persona producen una emoción; y ese alguien comparte la vivencia, le presta el CD al amigo, le copia el mp3 en el pen drive a la novia, o va a tu presentación en vivo. Tu arte es de ellos; compartes la potestad, aunque cueste verlo desde esa perspectiva y aceptarlo.

2
La experiencia musical es ahora más inmediata. Eres igual testigo de ello como yo; tenemos la misma edad (apenas soy 7 meses mayor que tú). Ambos sabemos que antes había que esperar a que el disco de algún artista favorito llegara a nuestra ciudad. Había que esperar a que sonara en la radio, con el casetito puesto en el grabador para pillar la canción y tenerla disponible mientras se daba lo necesario para comprar el long-play; o para escucharla junto a las de otros artistas en una compilación hecha a nuestro gusto para disfrutar la caminata con nuestros Walkmans, con ruido de siseo al fondo y toda la degradación sonora correspondiente.

Antes había que esperar a que viniera ese artista para verlo en directo. No existía la rotación cansona de videoclips en un centenar de canales de cable, ni los discos Blu-ray con imagen de alta definición y sonido envolvente. Había que tener paciencia.

Ahora, mientras te escribo, me ha llegado por email una publicidad: "Larry Carlton lanza The Sound of Philadelphia de manera exclusiva en AirPlay Direct". Música instantánea, por Internet, sin CDs, sin TV, sin radio, sin salir a la tienda, sin trabas, sin demora.

Esa inmediatez ocurre a cada segundo, en cada rincón del planeta. El hábito de consumo cambió y será imposible revertirlo a punta de malabarismos legales. Si alguien logra tener una copia digital de ese material de Carlton, será incontrolable que quiera compartirlo ya con un ser querido que tenga el mismo gusto.

3
Abogas por una ley proteccionista y condenas al pirata, pero piratas hemos sido todos desde que nació la música grabada. Los avances tecnológicos simplemente han ido satisfaciendo cada vez más esa necesidad que tenemos por vivir la experiencia musical (y compartirla) sin limitaciones de tiempo y espacio.

Tú y yo fuimos piratas cuando copiamos en cassette los LPs prestados por un amigo; y cuando lo hicimos, nunca nos pasó por la mente que éramos unos "proxenetas de canciones robadas" (tus palabras), ni que éramos unos talibanes poniendo en riesgo puestos de trabajo en una industria (tus palabras también). Tampoco pensamos que les estábamos quitando el pan de la boca a los hijos de las millonarias superestrellas de rock o de jazz (del género que prefieras).

Simplemente queríamos viajar, hacer el amor, rememorar, alegrarnos o despecharnos con música de fondo cuando nos dieran ganas. Y cuando tú y yo, quizás a la misma edad, decidimos dedicarnos a hacer música --me atrevo a asegurar por ambos--, nos motivó en parte esa conexión emotiva con un público, no la defensa a ultranza de fabricantes de disquitos plásticos y ardides publicitarios que no han sido capaces de renovarse y de adaptarse a la nueva coyuntura.

Son los empresarios discográficos los culpables de que se pierdan empleos, no los adolescentes que comparten mp3s en la red, ni los vendedores de calle que en realidad no plagian sino que distribuyen música entre gente que seguramente no puede costearse membresías en iTunes. Y la industria musical no se limita a un conglomerado de manufactureras, medios de comunicación y artistas famosos. La industria musical la conforman también millones de artistas independientes que comparten su música de manera gratuita y oyentes ávidos de arte nuevo y auténtico que les mueva algo por dentro. Bastó que alguien pusiera su música gratis para que se volviera costumbre y el público empezara a decir "Sus canciones son mejores que las tuyas, y él me las regala; supera eso".

4
Hablas de futuro, Alejandro, y tengo que decirte que no será tan negro como lo pintas. No habrá "deterioro cultural" ni "anarquía perversa", y esas generaciones venideras que te preocupan no verán la desaparición de la industria musical, igual como los músicos no dejaron de trabajar cuando se vieron amenazados por la aparición de la canción grabada en el siglo 19 (por cierto, el Grammy es un gramófono a escala; la amenaza se volvió un premio). Las descargas ilegales llegarán a ser la norma, no la excepción; su connotación negativa desaparecerá y los artistas aprenderán a desarrollarse en esta nueva situación.

Esos políticos del Congreso español que tildas de hipócritas y cobardes, viendo yo su posición desde afuera, más bien parecen ser lo contrario. Como dices, hace falta valentía para ajustarse a los cambios, y es precisamente el Congreso de tu país uno de los pocos atrevidos a aprobar el matrimonio gay, por ejemplo. El problema es que quizás el cambio en cuestión no lo tienes muy claro, te digo con aprecio. Piénsatelo mejor, colega.

Y gracias por defender la libertad de expresión en mi país.

[luiser]
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