13 de mayo de 2011

De cuando hice música para Dios con Víctor Drija y su familia

Mi religión personal es algo particular. A veces me declaro agnóstico y siempre se bloquea algo en mí cuando la gente me habla de Dios o me sumerge en expresiones de fe que no comparto de la misma manera. Y nunca voy a misa voluntariamente; más bien lo hago como para vivir un instante social, como cuando alguien me dice "Voy a la iglesia un momento, ¿me acompañas?"

Pero tampoco me declaro ateo porque creo en una concepción de Dios como algo ideal que dinamiza el funcionamiento personal y las relaciones humanas. Mi dios no es literario, no tiene familia ni historias escritas, no manipula con culpas y temores, no exige ni condena, ni tiene nada que premiar o perdonar porque simplemente no espera nada a cambio y no juzga. Mi dios es un sentimiento, una actitud, lo que contrasta con la vida que no quiero, lo contrario a las cosas que no deseo hacer o que me dañan, lo que ayuda a originar y crear.

Sí, soy de los que creen esa noción de que Dios es sencillamente amor activo, eficiente y paliativo, y ello es algo imposible de dimensionar en forma, tiempo y espacio; es algo que no exige ritos y sacrificios. Sólo presenciamos actos que son básicamente consecuencia de la presencia o ausencia de amor en las personas.

Y es amor al prójimo el que me motiva la tolerancia hacia la manera en que los demás practican sus creencias y no me disgusta participar en esas prácticas si me invitan y las condiciones se dan.

Una vez, en 1997, alguien me invitó a formar parte de una expresión cristiana muy peculiar. Anita Vivas, una coreógrafa de mucha historia en Venezuela y en el exterior, me pidió entonces que me encargara de la dirección musical en una obra teatral muy similar a Jesucristo Superestrella en temática. Su título era Celebremos la Vida e involucraba la participación de decenas de bailarines, actores y cantantes.

Anita y su equipo de coreógrafos se encargarían de los movimientos en escena; yo me encargaría de rescatar las canciones originales de la obra, que se habían compuesto en los años 70, y de hacer que transmitieran emoción al público con la asistencia de unos buenos músicos a mi lado. Para mí, era el desafío y lo estimulante que prometía ser todo. Para muchos en el elenco, quizás era un acto de fe también.

En esa enriquecedora experiencia, aparte de un enorme grupo de jóvenes que sabían bailar y cantar a la vez, conocí más de cerca a una familia de artistas impresionantes. Antonio Drija, con su eterno espíritu joven y travieso, haría del Diablo en la obra; Anita me demostraría su impecable capacidad de coordinar a tanta gente con creatividad y paciencia; y los hijos de ambos, Víctor y George, tendrían unos papeles protagónicos que no se habían ganado por nepotismo, sino por talento propio.

La obra era sensible y divertida, pero lo que más me cautivaba era la energía que circulaba en cada función. Para mí era muy estresante y requería de mucha concentración, pero lo que yo presenciaba en el teatro lo compensaba todo. La gente en escena también podía estar bajo una intensa presión, mas eso no se notaba. Había magia ahí, y esa magia llegaba a la audiencia y regresaba multiplicada. Para el momento del gran final, la emoción venía de sentir que había sido partícipe de algo que le llegaba al alma a mucha gente, dentro y fuera del escenario.

La primera vez que recordé con agrado esas presentaciones fue hace unos años cuando vi en una revista un reportaje sobre Antonio Drija y su protagónico en Zumanity de Cirque du Soleil en Las Vegas. Qué buen corolario para la historia que conozco de Antonio, el pana extravagante que una vez me dio un aventón en su motocicleta para llegar a una presentación que tendría yo con Trina Medina.

La segunda vez que recordé aquella obra fue cuando vi a George siendo nominado a un premio por su participación en el musical West Side Story en Broadway. Lo primero que pensé fue "Estos Drija son indetenibles".

La tercera vez que me llegó gratamente el recuerdo, fue cuando vi a Víctor Drija, con la fama que ahora tiene, estrenando un videoclip en la TV. Buen corolario para la historia que conozco de un joven que estuvo en esta misma habitación en la que escribo, junto con su hermano George, grabando algunas canciones de demostración hace 12 años. Sí, Víctor lleva mucho tiempo cantando; y lo que más admiro en él y en cada pariente suyo dedicado a las artes escénicas, es que nunca ha dejado de hacer lo que ama, siempre con buen ánimo y carisma.

Y la cuarta vez que recordé con una sonrisa aquello que se llamó Celebremos la Vida, fue cuando en estos días alguien me preguntó si me gustaba llevar crucifijos en el cuello. En un principio, dije que no y hablé un poco de lo que he escrito al comienzo de esta nota. Pero luego hice mención de la última vez que me habían regalado uno. Fue tras bastidores en una función de aquella obra. Anita Vivas se me acercó en privado y me dijo algo así: "No hay dinero suficiente para pagarte lo que has hecho y quiero darte esto como aprecio y agradecimiento".

Era una bella cruz enmarcada en un aro que me llegaba como muestra de ese amor en el que creo, el que conecta y origina. Era "mi dios" manifestándose, y esa cruz la usé siempre hasta un día en que la perdí.
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