13 de junio de 2011

Epifanía en una sala de urgencias

Después de 15 horas de fiebres altas que iban y venían, el pediatra pidió que mi hijo fuera llevado a la sala de emergencias. Esa noche fue larguísima, una prueba de resistencia para él y quienes lo acompañamos. Yo tenía un ensayo a la mañana siguiente y, si la recuperación era rápida, ya estaba preparado a asistir sin haber dormido nada.

Pero la bacteria en su organismo y el virus que después decidió invadir el cuerpo del niño, hicieron que permaneciera hospitalizado por cuatro noches. La música podía esperar. Cualquier cosa mía podía esperar. Yo quería primero sus salticos de infante juguetón antes que nada.

Y cuento sobre esta experiencia sólo para hablar de algo que abunda en este espacio mío: la motivación. He contado sobre lo que me inspira a hacer lo que hago; he escrito sobre esos momentos en los que ya no provoca hacer nada y en las cosas que nos devuelven el impulso. Y tenía que dejar unas líneas sobre un breve instante en esa clínica que quizás no olvidaré nunca (o que quizás quiero dejar en texto para no olvidarlo).

Esa mañana siguiente, en un frío cubículo; al lado de la máquina que regulaba el goteo del antibiótico; después de avisar que ya no sería músico en una sala de ensayos, sino papá a solas frente a una camilla en la que reposaba su niño enfermo; creo que viví lo que llaman una epifanía.

El pequeño, que unos minutos antes jugaba con un camioncito de bomberos en su regazo (la foto es de entonces), empezó a tener escalofríos, temblores incontrolables, fiebre inminente, una vez más. Apretaba sus brazos en el pecho, y una que otra lágrima se le escapaba. Mientras esperábamos a que la nueva dosis de acetaminofén hiciera efecto, yo sólo podía enfriar de nuevo con agua el paño en su frente, secar sus ojos con mi pañuelo y decirle palabras que intentaban reconfortar.

Él sonreía para responder a mis comentarios jocosos, cosas chifladas que le decía para suavizar su malestar; pero lo que me impactó no sólo fue su fortaleza estoica, sino escucharle, de la nada, sin razón y con la sonrisa temblorosa, lo siguiente:
Papá, eres un papá muy cantante. Tienes que estar en el escenario.
Siempre le he cantado a mi hijo. Cuando era bebé, le hice su propia canción de cuna, y él la reconocía. Cuando estoy con él, le improviso canciones que celebran lo bueno que tiene, y ya él mismo inventa sus propias letras.

Pero esa mañana yo no le había cantado nada. Quizás quería que le cantara porque tal vez asocia la melodía en mi voz con algo que lo hace sentir bien, y en ese momento quería sentirse mejor. Pero no fue algo que pidiera. Quizás entonces, como un delirio febril, asoció mi canto con los programas de TV en los que suele ver gente haciendo música en una tarima y, como en realidad él no me ve a menudo en una, quiso pedirme que lo hiciera también.

Me pegó. Lo que me dijo me pegó. No lo esperaba en un sitio como ese, en un momento como ese, y por eso lo sentí casi como una manifestación de algo divino, como un mensaje que quizás necesitaba escuchar, dicho por la persona más especial en mi vida. Si algo así no motiva, no sé qué más.
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