8 de agosto de 2012

El himno a juro

Aún hay mucha gente que aborrece la payola; es decir, eso de que algunos artistas paguen para que sus canciones suenen en radio o sus videos se vean en TV.

Pero en Venezuela ocurre algo similar que nadie ha salido a criticar enérgicamente; al menos no ha sido crítica directa y pública de algún músico o cantante que yo conozca a nivel local.

Resulta que hay una canción que, por ley, cada venezolano está obligado a escuchar al menos dos veces al día, los 365 días al año, si se escucha radio o se ve televisión como hábito. El título de la canción: Gloria al bravo pueblo. Sí, el himno nacional de Venezuela.

Se detesta al programador de la emisora de radio que alimenta esa práctica de sobornar al artista, pero no se detesta al Estado por recurrir a ese método autoritario de "quiere-a-tu-símbolo-patrio-a-juro", que en realidad es lo mismo que la payola por cuanto a la final lo que se pretende es que un público "guste" de una canción después de habérsele repetido al oído hasta el cansancio.

En ambos casos hay dinero de por medio. El payolero se beneficia con el regalo monetario; la estación de radio o TV obligada por decreto se beneficia porque no es multada.

Por supuesto, a diferencia del éxito pop del ídolo adolescente del momento, el himno es considerado un patrimonio histórico-cultural-nacionalista que debe ser preservado y heredado sin interrupción de generación en generación para mantener una identidad de país y unos valores que nos distinguen. Pero, ¿de esa forma? ¿No hay otra manera más estimulante y menos invasiva?

Recuerdo la vez que veía el programa de rock que transmitía Paul Gillman en Venezolana de Televisión, no por ser de Gillman, no por ser en VTV, sino por el contenido. Quería ver videos de rock clásico que ya casi nadie transmite y que sólo puedo conseguir en YouTube... Bueno, ahí estaba disfrutando de, no recuerdo, Deep Purple y Rush cuando de repente dieron las 12 y el canal enseguida se dedicó a cumplir su misión de hacerme recordar que mi país tiene himno. Así mismo. Después de la dosis de pueblo que el yugo lanzó y del arreglo orquestal que estoy escuchando desde que en mi escuela nos obligaban a detenernos como estatuas cuando sonaba inesperadamente, siguió el rocaknroleo nocturno.

Y me pregunté si Gillman o cualquier otro rockero, o cualquier artista de cualquier género, hace eso en sus conciertos en vivo; eso de cortar una canción en seco porque son las 12 y hay que ver en las megapantallas de video paisajes venezolanos mientras suena nuestra melodía patriótica y una muchacha hace señas para sordos en un rincón. Me pregunto cómo sería, después de eso, seguir con el despliegue de heavy metal o la rumba de salsa en directo.

Ok, es un ejemplo extremo que no ocurre en realidad, pero la impresión en el oyente es la misma y la intención de difundir esa obra musical tan nuestra se ha tornado muy artificial y sin sentido.

Tal vez podría pedirse a cada arreglista o intérprete venzolano que haga su propia versión de Gloria al bravo pueblo y la aporte para que cada día se escuchen al menos dos nuevas expresiones del mismo tema.

Así me motivaría a esperar "la hora del himno", por la pura curiosidad y expectativa de apreciar una interpretación nueva de algo antiguo que se pretende mantener en el tiempo.

Así se le hablaría más en su propio lenguaje a gente joven que no se conecta rápidamente con la coral casi eclesiástica que debemos oír a diario.

Así se haría más participativo el propósito de heredar con más sentimiento nuestra canción venezolana oficial.

Así se demostraría que se trata de una obra bien compuesta, con una hermosa melodía, sentida armonía y apasionada letra que puede sonar de forma excelente sobre combinaciones innovadoras de ritmo e instrumentación.

Así se volvería tan popular como aquella canción que le canta al alma llanera, o aquella otra que dice cómo llevamos la luz y el aroma de nuestro país en la piel.

Así no tendríamos que esperar un partido de fútbol internacional o recibir una medalla de oro en juegos olímpicos para emocionarnos al sonar las primeras notas.

O quizás puede crearse una tradición nueva en la que una versión más de pueblo, más cercana al venezolano cotidiano, más emotiva, más jovial y menos grandilocuente y épica, pudiera sonar en los parlantes de todo avión que cruza la frontera y se nos adentra en el país, en cada autobús que atraviesa el límite y se mete en tierras venezolanas, como celebración de bienvenida al visitante, como celebración de retorno a casa.

Puede haber otras formas de difusión; y no me refiero a banalizar algo que nos simboliza; me refiero a que, para motivar el amor real hacia algo, los actos forzados no funcionan. Y un himno nacional, el símbolo patrio que siempre tiene mayor conexión emocional con cualquier nacionalista (más que los colores de una bandera de tela, más que las texturas y formas de un escudo) merece una mejor consideración y no ser escuchado a juro.

¿Ustedes qué piensan?
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