27 de noviembre de 2014

De cuando entré a un estudio de grabación por primera vez

El año era 1984 (sí, hace treinta). Desde hacía tiempo, mi amigo de la escuela, Raúl Larrazábal, y yo habíamos estado tratando de formar un grupo de rock y nos reuníamos a menudo para hacer jammings y tocar algunas de las canciones que yo había podido componer. Yo me había comprado una guitarra eléctrica (una modesta Fender Bullet americana) para hacer realidad mi sueño de estar en una banda. Aunque me defendía más en las teclas, prefería un instrumento más económico y portátil para ir a ensayos y descargar la pasión. Al principio la intención era rockear en la cuerdas, pero la verdad es que siempre terminaba frente al piano en casa de la hermana de Raúl, y la guitarra se me volvió algo secundario.

Un día, Raúl me dijo que un vecino músico estaba buscando una banda para grabar unas canciones, y decidimos hacer la audición. Conocimos al fulano (el nombre no lo recuerdo en este momento) en casa de otro extraño, y él me puso a improvisar en un órgano electrónico (¡no una guitarra!) que ahí había, y a Raúl en la batería. Le gustamos y poco después nos subieron a un vehículo rústico para ir a un estudio de grabación profesional que quedaba en un suburbio de Caracas.

El estudio se llamaba Kandra, donde se grababa mucha música independiente que se difundía en esa época. Era demasiado impactante e inolvidable; por primera vez estábamos en un estudio de verdad, entre cables y micrófonos, sentado yo ante un piano real frente a un ingeniero, siguiendo instrucciones de un productor muy improvisado.

Grabamos cuatro canciones. Dos de ellas eran en ritmo de reggae y en inglés; las otras dos eran más a lo rock & roll. El fulano que nos llevó cantaba, tocaba la guitarra eléctrica y el bajo eléctrico, y nos decía qué era lo que quería que sonara. No habíamos ensayado nunca. Ahí en el sitio, él me decía los acordes y cómo quería que sonara y yo simplemente tocaba el piano y el sintetizador, nervioso, incrédulo, obediente, adolescente, inexperto, pero concentrado.

De ese día me quedó un cassette que he perdido. En algún sitio está y lo encontraré, sobre todo porque quiero sentir el contraste de lo que yo era hace treinta años con lo que ahora soy. Esas grabaciones me serán deuda para ustedes mientras tanto, pero hoy sí puedo compartir mi presente. Este día, que es de Acción de Gracias en el norte, casualmente me siento agradecido también, porque esta semana se ha lanzado oficialmente en iTunes el nuevo disco de Guillermo Dávila, Mi vida, y resulta que las primeras notas que suenan en ese álbum las he tocado yo al piano, para recordarme lo mucho que he caminado en tres décadas. Aquí la pongo una vez más. Gracias de nuevo por acompañarme en esta aventura. Gracias, Raúl; gracias, Guillermo; y gracias a todos los que me han empujado a crear con notas en tantos años de por medio.

P.D.: ¡También les pongo más abajo una canción mía que compuse y grabé hace 30 años! Disfruten de ese chamito (yo) cantando y tocando una guitarra de doce cuerdas con apenas fuerzas en los dedos, jeje. ¡Chao!





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