10 de abril de 2015

Canciones raras en mi vida: I Got My Mind Made Up de Instant Funk

Pude ver el nacimiento de la música disco siendo un niño a mediados de los años 70. En esa época, yo no buscaba canciones de manera activa; más bien ellas me encontraban a mí, a través de cualquier emisora de radio que mi mamá ponía a sonar mientras cosía, de los LPs que mi papá compraba y se ponía a escuchar en la sala de la casa o, para efectos de esta nota, de un cassette que un tío me regaló.

Era eso que llaman un "mix tape", con la música que estaba sonando en ese momento, el año 1979: mucho disco. Entre la pegajosa Shake Your Body (Down to the Ground) de The Jacksons y la flamencosa Goodnight Tonight de Paul McCartney y Wings, estaba esa cosa muy peculiar llamada I Got My Mind Made Up (You Can Get It Girl) de Instant Funk.

No era como los demás temas de moda. Tenía algo que me recordaba a You Should Be Dancing de The Bee Gees (un éxito de 1976 que luego terminaría en el filme Saturday Night Fever). Ese algo era una notable carga de sexualidad en cada patrón rítmico, cada sonoridad. Siendo yo un prepúber que ya iba descubriendo y tratando de descifrar sus instintos animales entre escenas románticas de telenovelas, revistas de adultos que aparecían sorpresivamente y reacciones hormonales inexplicables ante el fenómeno de sentirse atraído por alguna chica de la escuela, esta canción en ese cassette era como una especie de introducción a la pornografía musical que no me cansaba de escuchar.

Comienza muy a lo disco, con un arreglo jovial que invita al baile; pero luego se pone interesante porque se desnuda el ritmo y entra el ingrediente del funk, y a mí el funk me cautiva desde que yo tenía 6 años, cuando James Brown se me metió por los oídos sin yo saber qué era eso. Y por minutos, todo es instrumental, con percusión, bajo y guitarra eléctrica que mueven caderas --movimientos pélvicos, por supuesto. Se escucha un coro de hombres que repiten "Anytime... Tonight is fine", sin mucho sentido por un instante porque aún no se ha contado la historia de la canción.

Y ves colinas que suben y bajan. Primero estás abajo con percusión sola, batería, tambores, congas, padereta, campanas, todo lo que estimula el primer chakra, ese donde se fundamenta lo sexual, en la ingle; y luego asciendes por una pendiente con instrumentos melódicos para luego volver a bajar a pura música que se toca con palmas y palos. A eso llamo preámbulo sensual.

A los dos minutos, sorpresivamente crece un poco más a un solo de sintetizador de 22 compases que no puede ser más cool; el sonido juega con controles de filtro que modulan su brillo y lo hacen tan expresivo. El que lo toca debe ser una versión tecladística de Jimi Hendrix. Yo lo escucho y siento muchas ganas de agarrar un sinte y no parar. Y, mientras suena, se suman saxos y trompetas en stacatto que me hacen imaginar a unos tipos soplando y bailando a la vez, a lo Earth Wind & Fire. Eran los arreglos en esos tiempos. Demasiado goce en forma de funk.

De repente, después de tres minutos de vacilón instrumental, los ritmos se quitan la ropa de nuevo y aparece ella, la dama que viene por mi chakra estimulado; y ya no hay marcha atrás, tienes que oírle los besos, la risita pícara, esa otra música que hace una mujer cuando es adorada físicamente. Te enganchas, se te sale lo voyeur, quieres más, y entonces viene de zopetón lo que te hace entender la trama del tema.

Ella, desconcertada, grita "Say whaaaat?!", tú no sabes qué pasó, y la fea voz gutural de alguien con actitud de sobrado responde "I got my mind made up", que el tipo cambió de parecer, que ella -tal vez porque está buenísima y lo puede hacer con quien le provoque- puede volver a hacerlo en otro momento y que por esta noche ya basta. El hombre la ha dejado entendiendo y sin clímax, nadie sabe por qué, pero el hecho de que su decisión es ahora un estribillo que se repite con voz algo diabólica y sin melodía definida parece indicar que se está vengando y/o que ella no es más que un objeto (¿quizás una infiel o prostituta?).

El prepúber en mí no sabía qué decían, pero entendía que había drama después un momento triple equis. Allá se iba otro pedazo de inocencia. La adultez es complicada. Pero estimulante y excitante.

La canción no se detiene y te lleva a más momentos interesantes antes de volver a la desnudez del ritmo y a un repetido episodio de intimidad truncada. Es un sketch teatral de humor cruel que aún hoy me entretiene y disfruto. Su línea de bajo fue lo primero que quise tocar cuando me compré un Fender Jazz. Ese solo de sinte fue de las primeras cosas que quise probar cuando tuve mi primer monofónico en mano. Suena en mi playlist cuando hago ejercicio. Me marcó, y ahora la comparto con ustedes como otra de esas cosas que a la larga me motivaron a crear música. Aquí va (aparten un poco la cortina y fisgoneen...)


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