4 de mayo de 2015

Un ídolo es para siempre (Episodio Final)

Después de un mes de receso, en el que la pausa por Semana Santa se debía respetar, retomamos la gira "Un ídolo es para siempre" de Guillermo Dávila con algunas variantes que la volvió más estimulante.

Por un lado, la ausencia (por razones personales) de Marycel González, una de nuestras coristas, debió compensarse con la llegada de María José Serrano, otra encantadora vocalista que ahora tenía que aprenderse todo el repertorio y unírsenos a su hermana Mariana y a mí en esa función de acompañar con voces a Guillermo (¡ahora seríamos tres Serrano haciendo lo mismo!). Por otra parte, Dávila le pidió a Mariana sumar su talento como flautista y ponerle ese toque sutil y sensible a un tema como Ves como es, casualmente un favorito que tenemos en común.

Además, por razones prácticas, para el show del 23 de abril en Eurobuilding de Caracas, ya no nos tocaría como banda acompañar también a Colina, sino a Kiara, la otra invitada especial de esa noche. Esto significó para mí el tener que desempolvar partituras de canciones que su mánager me había dado hace año y medio, cuando me vi compartiendo escena con ella de manera inesperada.

Con sólo unas horas de ensayo para prepararnos, llegamos a esa presentación en Caracas con muchos ánimos y nervios a la vez. También había alegría, porque teníamos de nuevo la suerte de brindar música en tiempos de recesión que limita las oportunidades; y porque la ocasión nos permitía reencontrarnos con colegas admirados y apreciados, como Giovanni Ramírez y Hugo Fuguet (bajista/director y guitarrista de Kiara, respectivamente), Gilberto Bermúdez, Álvaro Falcón, Andrés Briceño, Carlos Sanoja, Lili Ortiz y Leonor Jove (veteranos músicos oficiales de Colina). Incluso fue grato toparme con Hany Kauam en el camerino, con su siempre amistoso saludo, después de no vernos desde que viajáramos juntos para un show junto a Guillermo y Karina en Portoviejo, Ecuador, el año pasado.

Colina abrió el evento en un recinto lleno, a reventar, de gente eufórica; seguido luego de la energía y la emotividad de Kiara. Esta vez, sin desmeritar para nada el trabajo que ellos hicieron, me sorprendió más positivamente la entrega de Guillermo, pues nos puso a interpretar casi una treintena de temas y nos mantuvo plenos de adrenalina e inspiración hasta el final. La foto de arriba la tomé en esa especial noche, cuando cada quien dio lo mejor de sí a gente en busca de escape.

Horas después, ya 24 de abril, nos reuníamos de nuevo para salir en viaje terrestre hacia Barinas, para tocar en el Eurobuilding de esa ciudad. Lo peculiar para ese día era que los costos de producción debían ser mínimos. La realización de este show estuvo en peligro hasta casi último momento, quizás por poco movimiento en taquilla (saberlo no me compete en realidad, pero la cancelación o postergación de espectáculos se ha vuelto algo tan habitual en Venezuela, dada la situación que atraviesa, que algo así no me extrañaría). Es por eso que viajamos en bus y no por avión, que las coristas no nos acompañaron, y que debíamos utilizar una dotación instrumental y técnica mínima.

Las nueve horas de carretera nos hicieron llegar directamente a la prueba de sonido, mientras ya gente iba apareciendo en lobby para el concierto. Pero el agotamiento no hizo mella a la final. Un breve descanso que me permitió al fin saludar a mi hijito vía telefónica, fue suficiente para seguir con el trabajo lleno de alma.

La calidad de la música no debía desmejorar, por supuesto; y esto no es algo que en realidad se termine midiendo en precisión de notas tocadas o la impecabilidad de nuestra afinación al cantar; es algo que mides viendo la reacción de la gente, con algo que llamo "el sonrisómetro". Si esas sonrisas parecen auténticas y emocionadas, con miradas que muestran agradecimiento, para mí, la música fue perfecta. Y las vi, de gente en una sala casi repleta, sobre todo cuando unos niños subieron al escenario inesperadamente.

Guillermo suele invitar a una dama al escenario para cantarle Tu mejor amigo. A veces ha sido una abuela, una cumpleañera o, como en esta ocasión, una chica vestida de negro. Su ropa me hizo creer que quizás era una de las jóvenes de protocolo, pero unos compases después, pude ver que se trataba de una niña con un rostro que me enterneció. Al terminar el tema, Guillermo le agradeció su presencia y fue cuando escuché en mis audífonos la voz del director técnico que decía "Ella es parte de Symphony Kids, el grupo musical que abrió la presentación; dales las gracias". Guillermo dijo lo propio y entonces aparecieron entre la penumbra los demás chicos de esa miniorquesta de cámara a recibir aplausos. Dávila los invitó a escena a saludar y el que parecía más extrovertido de ellos dijo "¿Te sabes el Alma llanera?" Enseguida aparecieron violines en sus hombros, incluso un contrabajo a escala, y un jovencito rezagado saltó a la tarima con un cuatro. Tedesco, nuestro baterista, se unió a ritmo de joropo y Nicky, nuestro director musical, y Guillermo acercaron sus micrófonos para amplificar esa magia en la sala. La gente estaba feliz y las cámaras disparaban sus flashes. Un caballero a mi lado del escenario me vio tomando fotos desde mi rincón y se me acercó con la seña de que le diera mi cámara. Entonces tomó esta foto y me retrató un recuerdo motivador. Al bajar los niños, pude escuchar cuando uno de ellos le decía a Guillermo "A mí papá le gustan tus canciones".

Lo más bonito fue su aproximación detrás del escenario después del concierto. Todos querían nuestros autógrafos y fotografiarnos, porque éramos los músicos profesionales de la noche, gente que quizás era ejemplo a seguir por ellos. Uno en este oficio es consciente de sus limitaciones e imperfecciones, y a menudo olvida que atrás viene otra generación siguiendo los pasos, fijándose en lo que hacemos para motivarse y superarse. Es una responsabilidad similar a la de un papá hacia sus hijos. Esos niños me recordaron que debo esforzarme constantemente a ser mejor. Noche memorable.

Al día siguiente, tras un sueño que no nos recargó lo suficiente, hicimos todo el mismo viaje de vuelta a Caracas. En mi mente, mientras veía esas amplias sabanas en el trayecto, surgían pensamientos para asimilar que se acababa la gira para mí. Varias fechas en Venezuela debieron cancelarse por lo imposible que se ha vuelto hacer tours largos en este país. Cada vez es menos la gente que puede darse el lujo de asistir a conciertos con mayor nivel de producción. Para la mayoría, las prioridades son otras, aunque el esparcimiento musical sea una necesidad del espíritu.

Ahora viene la etapa de presentaciones en el exterior y Guillermo tendrá que viajar a países como Bolivia, Puerto Rico y Ecuador con músicos venezolanos radicados en Florida, ya que es inviable hacernos cruzar fronteras desde Caracas. La inexistencia de aerolíneas y vuelos ha provocado costos de traslado que se extralimitan y condiciones riesgosas que nos obligan a estar en una especie de autoexilio. En otras palabras, me he vuelto un músico demasiado caro para los promotores foráneos.

No sé qué pasará. Lo amargo de esta nota es que no sé si volveré a acompañar a Dávila en un escenario, porque todo se ve turbio al frente. Vivo en un país del que ya se han marchado muchos de mis colegas, por miedo, por incertidumbre que agobia, por la seguridad y el porvenir de sus familias, y porque pudieron. Pero alguien tiene que hacer música aquí y esa es mi vocación. Alguien tiene que creer que no todo está acabado; alguien tiene que motivar a los niños a no abandonar sus violines, sus guitarras, sus cuatros, sus maracas. Alguien, no necesariamente por ser más aguantador sino por no tener otra opción, tiene que quedarse y guiar y entregar e inspirar.

Yo lo intento.
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